Siento que no me siento

Un cuento de Miguel Morales




La vida como humano me hastiaba más de lo normal, mis huesos no eran capaces de soportar el peso de vivir y mi mente se sentía acorralada y perseguida por mis sentidos.

Ya en casa, pensé que luego de veintitantos años no quería habitar la misma piel, así que quise posar mis pensamientos en otras vidas, otros pellejos, otras cosas... Por un momento fui un perro fiel y sumiso, habité cuartos, palacios y mansiones; recogía el diario matutino, cuidaba mi palacio y de mis amos, más ellos a cambio, llenaban mi plato de comida cara y soledad, mortífera para mi digestión.

Cómo lo mío no era andar con el rabo entre las patas, salí de allí rápidamente y fui a parar en la persecución de la que intentaba escapar yo como gato en mi séptimo intento por vivir esta vida. Diez minutos antes, la que ahora era mi perseguidora, escupía perros, cazaba pájaros y robaba leche por mí. Las calles manchadas de luz nocturna habían sido nuestras y los tejados que jamás fueron de nadie me permitieron conocer en ella más que su nombre.

-¿Pero?

-¿Por qué me perseguía?

Entre sensaciones felinas y vidas que parecían ser más de siete salió de mí, un ladrido que puso sobre la mesa todas mis intenciones: Tomar sus pasiones, recorrer su cuerpo y hacer como si nada.

A lo perro...

Salté de tejado en tejado y como alma que llevaba el diablo llegué nuevamente al origen de mi soledad. Allí me pregunté cómo era posible haber apostado mi última vida por pasiones que se habían transformado en sentimiento callejeros, aquellos que habían logrado que retornara a mis veintitantos años, a mi habitación, a mi vida, solo que haciéndome sentir como un gusano con manos y pies al que llamaron hombre.

Cosianfiro