Madrugal de Cartagena

Un poema de Josué Cabrera Serrano




Son las tres de la mañana en Getsemaní. Alguien barre con insistencia el frente de un local.

Son las tres de la mañana en Getsemaní. La cadencia del baile de la escoba alborota los mosquitos en mi habitación y sus besos me quitan el sueño.

Son las tres de la mañana en Getsemaní. Una mano invisible cincela un rostro borroso sobre la superficie de mi recuerdo.

Son las tres de la mañana en Getsemaní. El desespero de la limpieza a la luz de un bombillo marca el inicio de la danza de las alas minúsculas que ocupan el aire, el espacio y el silencio.

Son las tres de la mañana en Getsemaní. La huída se hace voz y me dice “no”.

Son las tres de la mañana en Getsemaní. Me cambio de cama en cama, de cuarto en cuarto, en este edificio infinito de techos altos y paredes delgadas, para silenciar la agitada escoba que con sus plásticos cabellos ahuyenta y arranca de mis párpados el peso.

Son las tres de la mañana en Getsemaní. En la calle, abajo de mis tres balcones, pasan grupos de cuerpos, de voces, de cabellos brillantes.

Son las tres de la mañana en Getsemaní. Quiero un cigarro, algo que le dé un ritmo sutil a mi aliento desdibujado entre el paso de la escoba por el suelo,

el paso de los mosquitos por mi nuca, el paso lento de las horas por mi pelo.

Son las tres de la mañana en Getsemaní. Desde el espejo del baño, unos ojos imposibles se esfuerzan tratando de ver claramente mis labios.

Son las tres de la mañana en Getsemaní. Sólo el insomne conoce la magnitud del silencio entre paso y paso de la escoba solitaria y terca.