Entre montañas

Una crónica de Anderson Torres


Ahora no haré otra cosa sino escuchar…

Escucho todos los sonidos, que corren juntos, se combinan,

se funden, se suceden unos a otros:

los sonidos de la ciudad y los ajenos a ella, los sonidos

del día y de la noche

Walt Whitman, Canción de mi mismo



Ploc, ploc

Como el sonido de los tambores ancestrales anunciando el comienzo de una tragedia, una fortuna, un cambio; se escucha desde la distancia la explosión de una gota de agua contra el suelo, contra más agua, contra una teja. Tic, tac; tic tac; ploc, ploc; ploc, ploc. Y como siguiendo ese compás de 2/4, empieza a fluir la ciudad. Caen en el mismo tiempo que nuestros pasos, o más bien nuestros pasos se acomodan a esas pequeñas explosiones. Mundos contenidos en gotas frías y saladas, mundos que al estrellarse desaparecen como individuos para convertirse en un chorro de agua incontenible que corre por el suelo, una colectividad que arrasa con fuerza. Puesto que el tempo no es estático, es decir, la velocidad de la explosión aumenta, como siguiendo ese compás de 3/8, –más choques por minuto equivalen al doble de pasos por segundo-, a la multitud solo le queda acelerar sus movimientos buscando la fuga. Los pies hacen que las piernas se muevan con rapidez, mientras que los brazos intentan aplicar la menor resistencia posible acompañando el movimiento amónico que se genera desde el suelo hasta la coronilla, que nace en una gota de agua. Mientras tanto, la sal que corre por las chaquetas, los pantalones o los paraguas; va hacia el suelo en busca de su manada. Huele a frio, a ruana. Se siente desde la distancia el caer de la aguapanela caliente, de la leche salada a la que se le agrega un huevito para darle más sabor. Se escuchan tambores ancestrales disfrazados de pulso: un pulso, su pulso, nuestro pulso.


Bisbisbís

La calle es un escenario perfecto: la sinestesia hecha materia. Como el mejor de los teatros, te envuelve con sus olores, crispa tus vellos con el estruendo producido por las voces mezcladas con los sonidos ambiente; su paisaje sonoro te cubre, de pies a cabeza, de un manto hecho de un sinfín de telas, de colores, de sabores y sentires. Entretanto paseas tu cuerpo por estas arterias, aprovechas el tiempo para recoger los pasos que alguien más ha dejado incrustados en el cemento; te dejas bañar de una lluvia de murmullos que se te pasan por entre los dedos, mientras cientos de esas palabras que cuelgan en el viento, aquellas que escuchaste hace tan solo dos segundos y esas que escucharás en unos pocos, colisionan con las partes de tu cuerpo que aún no han sido cubiertas. Y cual filántropo de la palabra, del sonido, vas por más, compras los minutos disponibles en las esquinas, en las chazas, en medio de la calle. Sabes a humo, hueles a tiempo, pesas un murmullo, un suspiro que sabe volar entre sombrillas o paraguas, entre abstracciones y audífonos.


Ruu. ruu. ruu.

Habito este espacio como el sol, ese que sabe a chorizo de la esquina, me ha enseñado: estando y desapareciendo, jugando al ser y al no-ser. Vuelo, habito lo que no se habita mientras vago de un lado para otro, caigo cada tanto, emprendo camino cada que parece necesario. Soy de este lugar, aunque me desvanezco cuando mi piel roza el viento; este viento que huele a todo, a nada, a capital. Soy de aquí y de allá, soy caminante, pasajero, fútil. Soy el sabor de la caca que cae de vez en cuando en los hombros de los transeúntes; soy el sabor del canelazo caliente para el frío, para el calor de la ausencia.


¡Chissst!

¿Podemos escuchar con los pies, ver con las manos, oler con la boca? El eco de cada paso se cuela por la planta de mis pies y activa mi sistema nervioso. Parece que veo cuando toco, aunque no toco porque prefiero permanecer ciega. En mi boca se cuela el olor de la gasolina, de la vela derretida. Vivo en lo habitado que no se habita. Vivo en la ausencia invadida de presencia, de cuerpos vacíos, de piedras vivientes. ¿Quiénes son los que descansan en paz?, ¿serán los vivos?, y entonces los muertos, ¿se convierten en vivos para descansar en paz? Mi boca está seca. Ya no caben las palabras en mi bolsillo y no pronuncio más que silencios, sonidos huecos de golpes secos que llegan a mis oídos. Camino sin saber por dónde ni para dónde, solo sigo; dicen por ahí que todos los caminos llegan a Roma. Minuto a minuto siento que este laberinto se hace más complejo; de pronto se me aparece una cruz disfrazada de ladrillo y entonces saco con prisa mi celular, lo escondo entre mis manos y tomo la foto con rapidez. Meto mi mano en mi bolso y toco mi cuaderno que sigue vacío aunque en él habiten millones de preguntas. Los rituales rozan mi traje y el murmullo de la yerba lo cubre; huelo a desconocido, a nada más que a intruso. El olor marca el camino hasta la siguiente parada, allá donde el billete de 20 mil pesos encuentra su hogar. Huele a danza alrededor de una estatua, se oye el billete que roza la piedra, se siente la petición convertida en palabras muertas, en palabras que agonizan mientras las pronunciamos, ¿será ese también su comentario? No me queda otra que pensar que eso es lo que nos da el carácter de muertos: el verbo no pronunciado, el sustantivo sin género o número, el pronombre definido no dicho por esa voz, esa y solo esa que se ha quedado sin eco. Se confunden ahora en mi cabeza los nombres de quienes ya no veo pero creo saber que existieron, nombres que permanecen en el aire. Imagino, porque veo que en este caso la lógica no funciona, historias que vienen y van, supuestos de mamás, hermanas, hijas, esposas, suegras y amigas; de papás, hermanos, hijos, esposos, suegros y amigos.

Pasos de un caminante tallados en las paredes que construye el viento. Huellas de un observador pasajero que se busca en una capital, que se encuentra en los charcos que se forman en el suelo. Avaro caminante que se llena sus bolsillos de plocs, que se roba con atrevimiento unos cuantos ruu ruu y los pega, está en su instinto experimentar, en lo que él cree es un paisaje lleno de bisbisbís que con certeza se convertirán en chissssst.