La ciudad de los deambulantes

Un cuento de Venus Latorre




Después de un impulso inútil para cumplir los itinerarios mentales, siento que los pies me llevan a donde les viene en gana. Hay tres delante de mí, uno más alto, otro más viejo, otro con el afán marcado en la frente, los puestos desocupados parecen ser insuficientes para la necesidad que comparto con estos entes que me asfixian pero al fin logro sentarme con entusiasmo mal disimulado.

Bogotá se siente pesada, intransitable, enferma, pero no pierde su encanto de las tardes frías que se encienden en el bullicio. La noche va oscureciendo las pupilas, los parpados absorben las luces de la ciudad, la mente demasiado agotada para soñar se desconecta sin previo aviso, emergiendo a un mundo paralelo y sublime. Sobre mi almohada el aroma de su cuello, sus labios entreabiertos… Su imagen se desmorona abruptamente, el trance es interrumpido por un agudo silbido que va creciendo, de alguna forma presiento que es el anuncio de la última parada, me pongo de forma automática sobre los pies y con los ojos entrecerrados cruzo la puerta al que prefiero comprender como globo de una realidad ilusoria y otras veces, más bien, como fragmento de in-mundo-dicia.

La ruta de siempre con el panorama cada vez más distorsionado, su rostro que me sigue a todas partes se posa en la sombras mientras suspiro en un intento vacuo de soltar esas fantasías a la oscuridad del olvido.

El camino está circundado por árboles pincelados de niebla, la vista clavada en los pies que a cada instante se agravan, los nudillos aprisionados se ciñen a los jeans. Su voz empieza a flotar sutilmente en el espacio como si caminara a mi lado. Me cuenta que hace poco investigó sobre teorías del comportamiento humano, quizá para justificar su vaivén, el vicio a los libros y sus fetiches, pienso entonces en invitarle un café, quizá para justificar que me agradan sus conversaciones.

Sin advertirlo tropiezo con un andén, cerca de un tumulto de basura hay una figura difusa entre los desechos de un joven que pretende conciliar el hambre o el sueño. Mi utopía desaparece bajo esa silueta grotesca en el asfalto, formando un cúmulo de espinas en el pecho. Los pensamientos disonantes se ahogan en discusiones entre altruismo, impotencia y otras palabras con terminaciones semejantes. Los latidos no comprenden las razones, se inquietan y transpiran confusión nauseabunda. La conciencia me carcome, las orejas se afiebran entre gritos inaudibles, los ojos se tornan nubes, las nubes desatan la furia en fragmentos de un llanto mudo, el rostro se destiñe en el silencio de los gestos oprimidos, las líneas de la carretera se desvían en las pestañas inundadas de huecos, caigo pasmada en los abismos del corazón-cerebro-alma de lo que una vez pretendí ser.

Corro sin mirar atrás ni a ninguna parte, la indiferencia infesta los zapatos, el barro de egoísmo e hipocresía embadurna las suelas, soy un inhumano más de los que habitan este pantanal en la ciudad de los deambulantes.