J U E V E S

Un cuento de Juan Camilo Cruz Naranjo - Ilustración de Juliana Riveros




Fue un jueves el día que Dante desapareció. Aquel jueves fuimos a un parque alejado en los cerros de la ciudad, por eso no me sorprendió que acudieran a mi las autoridades para preguntarme por su paradero. En la mañana dejé que el viento secara mi pelo azul celeste natural y lo decoré con flores amarillas que encontré camino al parque, perfume mi cuello con una fragancia europea, usé el sostén rojo con encaje, calcé mis botas negras sin tacón que en tantos conciertos se habían llenado de barro y use mis jeans negros favoritos. El cielo gris, típico de abril pronosticaba lluvia.

Lo había visto en una clase electiva por primera vez, apartado y taciturno, en los pasillos decían que había quedado mudo luego de una experiencia traumática en la infancia y por eso no se relacionaba con nadie. Por aquellos días de universidad mis pechos eran suaves como la cáscara del mango, mi vientre era plano y mis piernas firmes, pero nunca se robaron las miradas traviesas de los hombres y las mujeres en la calle, quizá porque siempre estaban cubiertos, pero mi pelo, mi pelo azul como el cielo despejado dejaba suspiros colgados en el aire que se perdían en el infinito lazo del tiempo. Inexplicablemente atraída por la soledad de Dante, inicie un intercambio de mensajes en los que pude descubrir que no era mudo, ni había tenido alguna experiencia traumática. Estaba perdido. Era frágil como una porcelana en un mundo de filosas puntas que lo intentaban quebrar. Lloraba en las noches desconsolado por su soledad, maldecía la vida por ser tan larga y a él por ser tan cobarde para ponerle fin. Cuando no estaba en la facultad, dormía. No sufría por dinero, pero pasaba amargamente sus días rutinarios cuestionandose porqué no podía sentir amor por su familia, por su mascota o por sí mismo.

-Señorita, ¿Cuándo fue la última vez que lo vio? – Dice el oficial con voz firme y mirada retadora; mientras, yo tiemblo. – Si no coopera estará en graves aprietos.

Dante no me miraba a los ojos, ni suspiraba con el color de mi pelo, las dos veces que nos vimos me hablaba mirando el suelo y se limitaba a responder mis preguntas de forma hostil y a veces cortante. – Yo no pedí venir al mundo, la única razón que existe para hacer cualquier cosa en él, corresponde a la necesidad de supervivencia más que alguna idea romántica sobre la vida – Decía. Su fragilidad era evidente, su encanto no se percibía pero atraía. Sentados en la raíz gigante de un árbol, lejos de la tormentosa urbe, esa tarde de abril le conté a qué sabían mis besos y cómo olían mis abrazos. Sus cejas contraídas y su mirada desconcertada probaban su limitada experiencia en saborear bocas y apretar cinturas. Deslicé mi mano por su oreja izquierda, blanca como el algodón y sentí los nervios clavándose en su pecho como puntillas aceradas. Bajé mi mano por su cuello, su hombro, su brazo y llegué a su pierna, donde lentamente me detuve en silencio. Fue entonces cuando nos miramos a los ojos por primera vez. Los suyos eran color café, sin brillo o alguna característica exótica. Los míos eran verdes, como las montañas del trópico. Los suyos eran los ojos de un hombre que miraba como un niño desprotegido, eran unos ojos que buscaban ayuda. Los míos eran los de una mujer gentil, dispuesta a ayudar. Supe de inmediato que no tenía posibilidad alguna, que su incapacidad de adaptarse al mundo real lo conduciría al destino fatal que él esperaba con ansias.

– Señorita, testigos afirman que la última persona en tener contacto con el desaparecido fue usted, lo mejor es que hable. – Insiste el oficial.

Su mirada se incrustó en la mía como un presagio de soledad. Entonces lo abracé con fuerza, tal vez en contra de su voluntad. No sé si lo tuve en mis brazos horas o segundos, el tiempo es el enigma más grande del hombre, pero sentí su corazón agitado palpitar frente al mío, sus suspiros en mi cuello y sus manos tocar mis caderas fértiles, mientras yo abrazaba cada miedo, inseguridad y tristeza no verbalizada. Cerré los ojos y lo abracé con más fuerza cuando las gotas de lluvia pronosticada por las nubes grises que pintaron el cielo esa tarde de abril, empezaron a caer sobre nosotros.

– ¡Señorita!…

Abrí mis ojos buscando su mirada tímida o sus labios delgados que a gritos pedían un beso. El cielo seguía mojando la ciudad. Abrí mis ojos y me encontré abrazando la lluvia de Abril en un parque alejado en los cerros de la ciudad, abrazando un vacío, abrazando la nada. Mientras, la borrasca borraba el color natural de mi pelo para siempre. Fue un jueves el día que Dante desapareció.