Vodka

Un cuento de Diego Valbuena




Mario, otro vodka, por favor.

Oh, sí, recuerdo nuestras tardes buscando esquinas para calmar nuestras ansias. Más las mías que las tuyas. Por eso me fui. Hoy brindo por la memoria. Sí, la Candelaria siempre mi zona favorita. Juguemos a los recuerdos, Mario, y sírveme otro vodka, por favor. En la Calle de los Herreros, frente a las imágenes religiosas, de rodillas te lo pedí. Por la Calle del Consuelo tres veces me dijiste que yo era la mejor.

En la Calle de la Conquista alcanzaste mi rinconcito oscuro. Preferías las plazas cuidadas por algún prócer: Caldas, a ver si pillaba mis nalgas, siempre haciéndose el que cavilaba. Santander, a punto de dejar caer sus leyes cada vez que me escuchaba gemir. Bolívar, el más indiferente, su melancolía no le permitió deleitarse con mis muslos o mis tetas, cada vez que te daba por exhibir mis atributos. Otro vodka, Mario, por favor. Una mañana, después de salir de Antifaz, ¿lo recuerdas?, un sótano donde las paredes sudaban, y cómo las hicimos sudar, me propusiste que lo intentáramos en el Museo Nacional. Me vi a mí misma pidiendo más años de encierro. A ti se te ocurrió que era mejor en los baños. Ese día Mario, ese día, dudé de ti. Te imploré para que fuéramos a la Casa de la Moneda, pero tu erección ya no era para mí. Preferías las gordas de Botero. No te lo había dicho, Mario, pero antes de partir volví a la Sala Fundadores, el inicio de todos nuestros juegos, y en medio de la oscuridad, te dediqué mi mejor orgasmo. Lo sé, para ti es importante el detalle de la película. Por eso me fui.

Sírveme otro vodka, el último, por favor.