BISNES

Un cuento de Carlos Latorre *** Ilustración de Nathaly Prieto


Betancurt in memoriam
“Sombra y luz, yema y polen a un tiempo fuiste”
Amado Nervoi



Vitalio no podía aceptar lo que pasaba ya que Yolanda aparte de ser la hechizante mujer que se paseaba enfrente de sus inermes ojos, también era un hombre plenamente identificado. Entonces decía solo apreciar, procurando no embadurnarse de ese algo indefinible y untuoso. No sabía cómo concebir eso otro inquietante. Sin embargo, le resultaba más cómodo pensar que era una mujer con vestigios de hombre y no un hombre camuflado de mujer. El ruido de sus tacones contra el asfalto cuando pasaba a su lado, era razón suficiente para desdeñar cualquier traza de su subrepticia masculinidad. Hacía un esfuerzo por dejar establecido para sí mismo que independiente de la identidad, Yolanda era parte de la comunidad que debía custodiar.

-Hola mi ángel. – le decía ella.

-¿Cómo le va Roberto? –respondía él cortante.

-Sargento, de nuevo le voy a pedir el favor que no me diga Roberto.–contestaba enojada.

-No me venga con sutilezas –finalizaba él.

Tenía lo necesario en la vida: una exesposa y dos hijos de 24 y 18 años, ninguno de los cuales se sentía orgulloso del oficio de su padre. A él eso no lo atormentaba tanto como el hecho que vivieran con su madre y lo visitaran poco. Le gustaba su trabajo pero no le gustaba que tantos policías estuvieran dedicados a proteger intereses privados como perseguir vándalos camuflados de hinchas o colados y carteristas del Transmilenio, mientras la comunidad reclamaba su presencia.

Bastantes años en su quehacer le permitían escoger el horario en que sus ojos patrullaban la tragicomedia humana. Se inclinaba por la luz del día. Se presentaba a las dos de la tarde en la zona y se iba a las diez de la noche después de atender las riñas y los robos del día. Se iba justo cuando empezaba la verdadera jornada y a Yolanda la reclamaba la noche. Entonces llegaba a su apartamento y dormía unas horas. La apnea del sueño lo iba despertando de a poco y lo sumergía en su otro mundo, el de las arboladuras, las velas, los aparejos y los mástiles de la fragata a escala que estaba construyendo desde hacía cinco años.

Desde esa época fue que Roberto empezó a ser Yolanda. Antes era el pertinaz doctor Ruiz, fiscal antisecuestro conocido por su diligencia a la hora de imputar delitos a quienes se beneficiaban económicamente del dolor de otros. Vitalio por su parte era el que forzaba sus ojos cotejando huellas en la Dijín para que Roberto pudiera acusar inmisericorde.

El desconcierto sobre Yolanda se debía a un secreto a voces que recorría cada uno de los rincones del sector. Ella era la poseedora de uno de los miembros viriles de mayor reputación. Lo portentoso de sus caderas y la feminidad de su andar para Vitalio no era fusionable con su otra peculiaridad en una sola naturaleza.

Entonces la incertidumbre hizo eclosión y Vitalio no aguanto más. Ese jueves 27 de abril después de la tercera pasada de ella con su vestido azul de satín y su lechosa piel enfrente de su atónita mirada, le dijo:

-Oiga Yolanda.

-No se haga la boba –replicó él.

-Me halagas que me digas Yolanda y no Roberto pero no me gusta lo de boba –dijo ella

-En serio Yolanda, ¿Por qué no se hace una cirugía? De pronto hasta yo me animo –dijo él desafiándola.

-Por esa razón me gustaría mucho mi corazón pero es cuestión de negocios. No sabes de la cantidad de hombres que en apariencia buscan una mujer pero que agobiados persiguen lo que siempre se han negado.

Vitalio perdió su impulso persuasivo y no quiso trabajar más ese día. Pidió permiso a su superior y se fue a soñar navegando en su fragata que ya casi estaba terminada y en la que pronto iba a surcar memorables mares.