¿Para qué publicar mujeres hoy?5 min read

Por: Rocío Cely Herrera




Sobre la pertinencia de surtir la oferta literaria actual con apuestas editoriales arriesgadas y con un propósito.

Cuando estaba en el colegio, la literatura, para mí, estaba limitada a los autores canónicos que nos enseñaban o que aparecían en el buscador cuando escribía “literatura universal”. Miguel de Cervantes, William Shakespeare, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, eran los autores de los que más encontraba información y a los que tenía un acceso mucho más fácil pues no solo los encontraba en la biblioteca de mi casa sino también en la del colegio. Así que, motivada por estas lecturas, decidí estudiar Literatura con el sueño de que un día me convertiría en la próxima Premio Nobel de Literatura en Colombia.

Tan pronto empecé la carrera, di con una clase en donde nos enseñaban qué era literatura y quiénes eran sus máximos exponentes. Al darme cuenta de que literatura era mucho más que escribir cuando sintiera ‘la inspiración’, que requería constancia, disciplina y contactos, sentí que todo ese tiempo había vivido en otro mundo (vivo en un mundo de mentiras, fabricando fantasías, como diría Tito Nieves). Quizá la carrera no era lo mejor para mí, quizá ese espacio era solo para los autores que conocía o para mis compañeros de carrera que sí habían leído En busca del tiempo perdido y Hojas de Hierba.

Afortunadamente, en primer semestre, vi una clase que sin duda me marcó: Literaturas indígenas de América. No tenía ni idea de qué íbamos a leer y tampoco tenía idea de que en Latinoamérica había literatura indígena. Pero eso es para otra ocasión. Lo que me marcó de la clase fue la profesora Betty Osorio que, además de ser una experta indigenista, era también feminista y cada clase nos hablaba de la importancia de la mujer no solo en la literatura sino en cada aspecto de la sociedad. Nos hablaba casi que directamente a las alumnas, para que reconociéramos el valor que por años se nos había negado y para que nunca se nos olvidaran las luchas, las batallas y los triunfos que las mujeres que nos preceden nos dejaron como legado.

Así que ahí empezó todo, ese fue el punto de partida no solo para emprender el camino hacia el feminismo, sino también para emprender mi propio camino. A partir de ahí empecé a darme cuenta de que en las demás clases la mayoría de autores que leíamos eran hombres canónicos y que aprendíamos muy poco o casi nada de escritoras tan brillantes como ellos. Por eso, cada vez que salía de vacaciones, tenía como ritual irme a la biblioteca de la universidad a buscar en internet quiénes eran las autoras más reconocidas de la literatura, y alquilar los libros que encontrara de ellas para poder leerlos y aprender por mi cuenta. En esas, conocí a Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, Rosario Castellanos, María Mercedes Carranza, Virginia Woolf, Sylvia Plath y un sinnúmero de autoras más.

Cuando me gradué, decidí que quería darle voz a mujeres que como yo, querían ser escritoras pero que, a diferencia de mí, sí tenían la disciplina y la constancia para escribir textos maravillosos. Decidí crear mi propia editorial como una casa que entendiera a las autoras emergentes, un espacio seguro que estuviera en sintonía con ellas y que valorase el talento y el gran trabajo de aquellas que buscan un espacio en el concurrido mundo literario.

Al principio, sentí que otra vez estaba fabricando fantasías al pensar que un proyecto así pudiese prosperar y no eran para menos todas esas dudas porque tenía todas las de perder: crear una editorial desde cero para publicar poesía e inaugurarla con un libro escrito por una mujer y que además, nunca había publicado nada. El riesgo era triple, incluso cuádruple, pero de todas maneras sentía que era lo correcto y lo que me llenaba de emoción. Muchos preguntan por qué hacer una editorial de poesía si en este país nadie lee y menos un género como ese que tiene tan pocos adeptos; preguntan por qué publicar solo mujeres si ya estamos en una época en la que se sabe que ambos tienen las mismas capacidades de hacer cualquier cosa, cuestionan el hecho de que elegir publicar únicamente al género femenino es replicar el sesgo patriarcal solo que del mismo modo en el sentido contrario.

Pues les digo: tengo mis razones. Si bien Colombia es un país en el que las estadísticas de lectura anuales dan ganas de llorar, hay muchas personas que tienen las ganas para leer lo que se les atraviese y para perderle el miedo a la poesía. Esa es una de las misiones que me propuse y creo yo, que también es misión de cualquier editorial pequeña que le apueste a este género: formar lectores, acercarlos a la lectura y demostrarles que no hay nada qué temer, que la poesía es un género que puede hablar desde el arrebol crepuscular de una tarde de invierno, hasta del placer culposo de comer arroz frío en la madrugada directamente desde la olla.

La otra misión y la que más me gusta, es apostarle a las nuevas voces. Durante años, las mujeres tuvieron que utilizar seudónimos masculinos para que las editoriales las tuvieran en cuenta y las vieran como ‘material publicable’ y, aunque actualmente ya no sucede eso, sigue siendo bastante difícil que se les tenga en cuenta y más cuando son autoras que hasta ahora quieren empezar a publicar. Esto último, supone un gran riesgo para editoriales independientes o emergentes ya que es una apuesta que puede salir muy bien y lograr muy buenas ventas o salir mal y dejar a la editorial en pérdidas, por lo que muchas veces las editoriales prefieren irse por lo seguro y publicar autores ya reconocidos que les aseguren las ganancias.

Quizá por terca, me arriesgué y no quise irme a lo seguro sino hacer el salto al vacío junto con mis autoras. No para ir contra la corriente o para seguir viviendo en un mundo de mentiras, sino porque siento que al fin y al cabo alguien lo tiene que hacer. Alguien tiene que darles un espacio a las nuevas voces que quizá el día de mañana sean un referente para la próxima Premio Nobel de Literatura de Colombia. Y no digo que sea yo la única que haga esto ni mucho menos la primera, hay muchas editoriales que actualmente le están echando el ojo al trabajo de autoras contemporáneas muy buenas más allá de que sean mujeres, sino porque reconocen en ellas un gran talento que merece ser leído por el público. Publicar solo mujeres o publicar dentro de un catálogo donde la mayoría de títulos son escritos por mujeres, no significa que le estemos quitando la oportunidad a un autor de dar a conocer su obra. Publicar mujeres significa que finalmente se les está dando el lugar que les ha correspondido desde siempre, se les está reconociendo por su talento y se les está dando la visibilidad que en épocas anteriores otras autoras nunca pudieron tener.

Hoy día hay un gran número de autoras contemporáneas destacadas y eso es sin duda alguna un síntoma de que (al menos en materia de literatura) estamos logrando una mayor presencia en el campo literario; de que quizá, las mujeres que empiezan hoy a estudiar Literatura tienen en el radar a muchas más autoras de las que yo tuve en su momento, y es un síntoma que evidencia los resultados positivos de arriesgarse a publicar autoras emergentes.

Viendo en retrospectiva, siento que esa falta de referentes femeninos en la carrera despertó en mí la voluntad y el deseo de crear el proyecto que tengo y siento que quizá, eso que nos ha hecho falta a varias mujeres (no creo haber sido solo yo) no solo en la literatura sino en otros campos, es lo que nos ha motivado a crear proyectos nuevos, distintos, que no tienen miedo de tomar riesgos y que sobretodo, buscan mantener el legado de tantas mujeres cuyos esfuerzos nos permitieron a muchas estar donde estamos hoy.

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