Galia11 min read

Por: Jorge Albear




Muy cerca de la nueva casa, un gallo cantó en medio de la madrugada. Mis oídos no estaban acostumbrados a esos ruidos propios del campo; en la ciudad uno solo escucha los sonidos asfixiantes de los autos, la parranda de la música a todo volumen o el zumbido de la televisión. Los cacareos no interrumpieron ningún sueño. Yo estaba atrapado en el limbo que hay entre el querer dormir y la vigilia, un limbo que me acompañaba todas las noches desde hacía varios meses. Por eso, a diferencia de Hermano quien tenía su cama cerca de la mía, no lancé ningún insulto trasnochado, al contrario, sentí una profunda compasión por el animal. En los cantos parecía existir la necesidad de anunciar al mundo una soledad mortal; una soledad solo comunicable en el lenguaje de los gallos. Desde el patio, un coro de voces quiso consolar a su hermano plumífero. El diálogo duró hasta bien entrada la mañana.


La mudanza se realizó bordeando el anochecer, casi a escondidas. La casa era pequeña y calurosa, pero era lo único disponible con el poco dinero y la gran premura que existía. Estaba construida con desánimo en un segundo piso; el primero era utilizado para guardar chucherías. El barrio era de esos que hasta hace algunos años pertenecía a la ruralidad, una zona límite que marcaba el fin de la naturaleza y la llegada de la voraz urbanidad. “El hogar está al fondo de un corredor decorado con gardenias y rosas, es acogedor y tiene un pequeño patio que dicen es bonita vista. Ya verás cómo se mejora tu salud”, dijo sin mucha convicción Padre mientras Madre y Hermano empacaban los últimos trastos. La bonita vista resultó ser un espacio encerrado entre paredes de ladrillo sin un ápice de césped; lo atravesaba de lado a lado una vara oxidada quizás utilizada como tendedero de ropa, pero con el tiempo se trasformó en el lugar de encuentro predilecto de los residentes del galpón que ocupaba una esquina. “¿Usted por qué creyó que el arriendo era tan barato? Los gallos siempre han estado ahí y pertenecen al dueño de estas residencias, es un gallero de vieja data”, respondió uno de los vecinos a las preguntas formuladas por Padre.


El ambiente era ensordecedor. Los ecos de los cacareos y aleteos seguían cimbrando el aire con una energía violenta mucho tiempo después de que el último gallo se sosegara. En los primeros días Madre tenía los nervios de punta y maldecía cada cierto tiempo por lo bajo; Padre daba la impresión de no estar contrariado por la descarga de decibles, sus penas se dirigían al pesado horario laboral que debía cumplir; Hermano salía a menudo con la excusa de buscar cualquier chamba de medio tiempo, se perdía en los alrededores del barrio todavía repletos de mangos pintados con musgo, y alguna que otra casa de campo que pronto iba ser cercenada con el fin de dar cabida a la nueva camada de citadinos. Le dolía no tener un cuarto propio. Para un adolescente es difícil compartir su espacio personal y más si está aprisionado entre el ruido de unas aves y la lucha de un moribundo. Ninguno era capaz de hacerme reproches directos. La frustración me la comunicaban en esa manera tan latinoamericana de hacer pucheros con miradas gélidas.


La enfermedad inició con fiebres altas y erupciones en la piel. No creí que fuera grave, pensé que era suficiente con tener gallardía y temple. Con la llegada de los otros síntomas, los médicos contradijeron mi optimismo y tuvieron sospechas sombrías sobre el mal que empezaba a carcomerme. El resultado positivo de la prueba significó el despido del colegio, un tratamiento costoso sin eufemismos para hablar de las pocas probabilidades de éxito y por supuesto, vergüenza pública. La convalecencia fue el desastre familiar vaticinado años atrás por algunos vecinos revanchistas del antiguo barrio clasemediero. Ahora los vecinos eran gallos que cantaban libremente sin chismes de por medio, sin preocuparse de los escarnios de ojos que observan a través de cortinas. Yo los comprendía y no decía nada en contra de ellos, a diferencia del resto de la familia. Madre intentó solucionar el problema de manera diplomática. Una tarde me pidió que la acompañara a la casa del dueño de la vecindad. “Imposible hacer algo”, dijo el arrendatario, el Gallero, “esas aves dan más dinero que su alquiler. Los vecinos están acostumbrados, si no, pues se pueden ir tranquilamente”. Nos retiramos en silencio. En la puerta, Madre habló sin dirigirse a nadie en especial. “Peores cosas soportó Jesucristo. Todos tenemos una cruz que cargar”. Un cacareo surgió del galpón y se llevó lejos las palabras.


Para escapar del calor y las condescendencias, leía en las escaleras una antología de cuento latinoamericano que me regalaron mis ex alumnos, o miraba embobado las montañas pintadas en el horizonte. Quería abandonar la casa, abandonar la vida opaca en la que me encontraba. En una de esas jornadas de autocompasión, sentí una leve turbación en mi cuerpo. No era la enfermedad. Era el efecto de la presencia de un gallo grande, blanco, poderoso como un emperador, que escudriñaba mi ser desde el último escalón. Así estuvimos varios minutos, detallándonos, retándonos. El gallo regresó al patio en un caminar soberbio, con las ínfulas de conocer los secretos del universo.


Empecé a espiar a los gallos desde la ventana de la sala. En un impulso poético decidí llamar Rulfo al gallo blanco. Los gallos poseían un fino andar, en sus pechos ebullía la magnificencia del gladiador romano. Rulfo resaltaba en un mar de plumas multicolores con su pureza de color y una autoridad ancestral. Los demás gallos lo respetaban e incluso adoraban. A escondidas de Hermano, Padre y Madre, empecé a alimentarlo. A cada trozo de pan o de galleta, Rulfo respondía con un tenue cacareo, como si agradeciera.


En un espacio tan pequeño es imposible guardarse algo. Para Madre y Padre, saber de mi cariño hacia los gallos, en especial hacia Rulfo, fue considerado un acto de deslealtad máxima. Habían sacrificado tanto por mí y esperaban una retribución mínima en odiar lo mismo que ellos odiaban, aunque fuera una excusa para negar el verdadero objetivo de su rabia. Hermano escupió sus pensamientos más oscuros, frases hirientes dichas en una lengua hostil, pero anodina en el estado de convalecencia que me encontraba. En otros tiempos algún puño habría sido lanzado, algún insulto elocuente habría sido dicho, ahora sin embargo yo solo era sordo y mudo. El silencio se convirtió en nuestro idioma. Solo los gallos seguían insistiendo en llenar el vacío de palabras y de amor que emanaba la casa.


Ilustración por: Laura Loaiza


La senda de rabia fue detenida una madrugada. En medio de un ataque de tos, un leve murmullo que al inicio no se distinguía mucho del ruido de los grillos y chicharras, subió de volumen y ocupó toda la atención. Era la voz de un gallo, no era un cacareo habitual, sino algo más parecido al silbido melancólico de alguien que camina en medio de una calle solitaria. Me dirigí a la ventana de la sala para conocer al causante. Padre, Hermano y Madre habían escuchado lo mismo y observaban a Rulfo sumergidos en una hipnosis colectiva. Pronto yo también me vi envuelto en aquella manifestación. La cancioncilla estaba dedicada a nosotros, a la luna y las estrellas que se alcanzaban a divisar en medio de la oscuridad del verano. Rulfo concluyó su acto y regresó al galpón. Seguimos soñolientos en medio del silencio nocturno, un silencio que ya era otra cosa, era la puerta de entrada a nuevas palabras sembradas en nuestro corazón que nos era imposible articular con nuestras bocas. Lloramos. Nos abrazamos. Nos perdonamos.


Descubrimos que un sueño recurrente nos perseguía a todos por igual. Estábamos en un inmenso río, caudaloso, extenso. Era un río viejo en el que creíamos nadar, aunque la verdad es que las corrientes nos arrastraban con furia sin hacernos daño. El río no era límpido, sus bordes eran pantanosos, rocas y remolinos surgían de vez en cuando. Veíamos morir y nacer riachuelos y de repente el agua dejaba de ser agua, se transformaba en plumas blancas, marrones, escarlatas, verdes, plumas de gallos que vieron a Roma fundarse, que navegaron con Cristóbal Colón, que estarían en el fin de los tiempos. Seguimos siendo llevados por ese río incomprensible, violento, nos empapábamos de ese lenguaje hasta el despertar.


Malayo, Claudio, Rambo, Terminator, Nerón, Alí, Pambelé, así bautizamos a los demás gallos en el afán natural de darles un nombre y por ende una identidad. Cada mañana le hacíamos pequeñas ofrendas de frutas y palabras amorosas con el fin de pedir disculpas por nuestro comportamiento pasado. En alguna parte de nosotros emanó la comprensión del espíritu del gallo, sus sonidos campestres se convirtieron en señal de paz. Cada sábado veíamos con angustia a Gallero vestido de sombrero texano, botas pantaneras y camisas de colores ocres llevarse a los vecinos a la gallera ubicada en un pueblo cercano. Las ausencias prolongadas y definitivas de cada uno nos dolían. El regreso triunfante era motivo de regocijo y verbena.


Entre todos los combatientes, Rulfo se destacaba. Al principio retornaba sin un rasguño, con los ojos más fieros que la semana anterior y con la entereza de quien ha derrotado, por poco, a la muerte. Si bien el invicto le dio más prestigio a su reinado, también tuvo sus consecuencias. Gallero ya no solo lo usaba los sábados, sino los domingos, los festivos. La hermosa cresta color escarlata desapareció de repente. Se le empezó a ver más agotado, menos portentoso.


La muerte reclamó a su mayor retador después de un combate. Rulfo derrotó a su rival, a cambio, recibió del perdedor un picotazo mortal en el cuello. Gallero lo regresó al galpón malherido, sin mostrar ningún sentimiento. Rulfo articulaba débiles ruegos, reclamando por lo bajo el fin de la agonía. Antes de perder la luz del sol, bajamos y nos escabullimos al frente de su jaula para esperar el desenlace. Nuestra presencia lo reconfortó y con último acto de autoridad soltó un cacareo poderoso. Luego cerró los ojos y murió. Los demás gallos al unísono gritaron elegías al que fuera su rey.


Los alaridos continuaron horas después de que Gallero limpiara la jaula de Rulfo. Con cada cacareo en nuestra mente se formaban imágenes que evocaban sensaciones de nostalgia, diminutas epifanías que nos querían conducir a un mundo no explorado y a la vez conocido. Empezamos a entender el gallil, el idioma de losgallos.


El gallil es elegante, agresivo en sus formas, pero tranquilo en sus planteamientos. Intuimos de inmediato que aquel idioma es ágrafo por la singularidad de su gramática. La comunicación depende de la intensidad y duración de los cacareos. Al gritar nuestros primeros quiquiriquíes (onomatopeya inexacta a todas luces), descubrimos que en vez de un canto de amor estábamos emitiendo una amenaza de guerra. La modulación correcta fue la primera enseñanza.


Los gallos hablaban y sus ojos de saurio aprobaban los cacareos tímidos que hacíamos en la madrugada. Aquellos primeros diálogos se referían al recuerdo de Rulfo. ¿Alcanzaríamos el nivel de hablante nativo del gallil o transformaríamos la lengua en un papiamento, en un dialecto distinto? Nuestra voz cambió, nuestra boca tomó una forma extraña, casi de pico. Eso nos acercó fisiológicamente a los gallos y menos al español, al inglés, al alemán, a cualquier idioma humano.


Otros conocimientos y nuevas filosofías de la realidad inundaron nuestro cerebro. Los gallos tienen una concepción particular y contradictoria de su propia especie: son a la vez muchos y a la vez uno. En su gramática solo existe el nosotros. La idea de un yo único, separado, es una aberración humana. Cada gallo está unido a los demás y es una extensión, ya sea negativa o positiva, de ese ser único que son ellos al mismo tiempo. Las luchas de sangre y muerte, hábilmente explotadas por los hombres, tienen una explicación: representan una lucha de ideas de esa unidad casi mitológica consigo misma. El famoso territorialismo de los gallos es la imagen ampliada de una consciencia que se debate con sus propios demonios.


La podredumbre de la enfermedad no se detenía. El pasado seguía fluyendo en las células con apetito voraz y más órganos se veían comprometidos. No nos importó. Nuestros estómagos se acostumbraron a comidas frugales, dormíamos apenas llegaba la noche, ya no nos preocupaba el pago del arriendo o alguna actividad laboral. El sueño recurrente no volvió a aparecer, porque nosotros nos transformamos en ese río. La mente se unió a los linderos ocultos del gallil. Los gallos supieron antes que cualquier otra especie la interconexión sagrada de la naturaleza. Su lenguaje es la poesía, no la prosa. Los versos más bellos que nos dedicaban casi siempre hablaban de buscar al otro gallo en los astros, en la tierra, en nosotros mismos.


Un domingo, una calma inesperada nos asustó. En el patio vimos jaulas vacías. Bien temprano, sin que nos percatáramos, los gallos del galpón desaparecieron. Gallero estaba en el patio deshaciéndose de las jaulas y organizando trastes. Ocultos entre las cortinas de la ventana preguntamos en una jeringonza llena de ira lo que había sucedido. Al responder, Gallero hizo una mueca de sorpresa al escuchar a sus inquilinos hablar de una manera tan bestial y casi incomprensible, “Les quito este problema de encima. Me endeudé y la única manera de pagar es vendiendo a los animales”.


Era indescriptible el vacío y el silencio atroz de la ausencia. Hacíamos amagues de picoteos con lo que conservábamos de labios. Un dolor palpitaba con fuerza en los cantos. Nos desvelamos intentando recordar si en aquella mañana funesta recibimos alguna llamada de auxilio, sin embargo, sabíamos que los gallos son estoicos. La necesidad imperiosa de hallarlos impulsó los primeros combates cuerpo a cuerpo. Terminábamos extenuados, adoloridos, tranquilos. Cacareábamos con rabia al sentir la violencia.


Abandonamos nuestros nombres, el proyecto homo sapiens. El alejamiento de nuestros hermanos aceleró la victoria final de la enfermedad, una victoria pírrica, porque solo afectaba a nuestros antiguos cuerpos. El dolor brotó y los días se sucedieron entre fiebres y epifanías. No comimos, no bebimos. La sed y el hambre acamparon a sus anchas.


Las últimas horas de la vida humana. Una pluma blanca nació muy cerca de los codos. Luego otra creció en las axilas. Poco a poco las espaldas, los cuellos, los cuerpos, tuvieron el color de Rulfo. Perdimos los dientes, canturreábamos bajito cuando crestas escarlatas surgieron de nuestras cabezas. La transformación de las piernas en patas poderosas nos inmovilizó por un buen tiempo en un solo sitio. El corazón empezó a bombear sangre nueva en un nuevo organismo. Los órganos transformados conocieron la vitalidad del gallil. Los ojos se cerraron, una penumbra distinta embargó los sentidos. Sabíamos que era la vida, y no la muerte lo que llegaba.



Un hombre enfadado ingresa una llave en la cerradura de la puerta. Mientras la vista se acostumbra a la oscuridad del interior, no puede dejar de pensar que se siente entrando a un galpón.
Al fondo, en una esquina, cuatro hermosos gallos blancos cacarean.

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