Apuntes desde el encierro4 min read

Por: Natalia Varela


“Fear no more, says the heart. Fear no more, says the heart, committing its burden to some sea, which sights collectively for all sorrows, and renews, begins, collects, lets fall.”
Virginia Woolf. Mrs.Dalloway



La caja de pandora ha sido abierta y miles de imágenes han salido disparadas arrollando cualquier designio de quietud que podría encerrarse en estas cuatro paredes color pastel. El silencio se ha disfrazado de ruidos de locomotoras y sierras que rompen los candados que ataban mis demonios escondidos. En esta obra de teatro en la que yo tengo el papel estelar, situación ya de por sí inusual, las máscaras han sido robadas y todo ha quedado al desnudo, petrificado. Abro el telón lentamente. Lo que hay es tiempo, me digo. Lo que hay espacio, me grito. Lo que hay son grietas para escarbar.

Que empiece la función.


Primera parte: de cuando mi mano maldijo el viento

La última vez que mi mano derecha sintió el roce de su compañera la izquierda, se declararon una guerra a muerte. Más que una herejía era considerar un arreglo y mucho menos una reconciliación. Nada de agüitas tibias, no. Han pasado los días y aunque yo pensé que la distancia y el tiempo que puse entre ellas harían su parte, todo ha empeorado. Se han vuelto tan lejanas, tan distantes, que el solo hecho de sentirlas juntas en mi cuerpo me perturba. Por supuesto, la más afectada por todo esto he sido yo; escribir un correo, enviar un mensaje, hasta bajarme los pantalones en el baño se ha vuelto una tortura. Y es que la dominante siempre logra controlar a la otra estúpida que, por miedo, no mueve ni una uña. Se maldicen la una a la otra, desgraciadas ellas, que no encuentran más defensa que abandonarse al vacío de lo que no se puede cambiar. Apocalípticas, agujereadas, rayadas; dejan que el día se ponga sobre sus plantas, permiten que el viento las roce mientras a través de él, envían la tragedia.


Segunda parte: de cuando mi boca se comía a sí misma

Mi invitado para el día de hoy me ha solicitado silencio, no se ha dado cuenta de que eso no es más que un mito del mundo moderno. No hay más que eso ahora, espacios vacíos e inhabitados luchando contra paredes manoseadas, malgastadas, sucias de tanto uso; labios cuarteados y dientes inexistentes. Está empecinado en el silencio, aunque haya sido creado para asesinarlo. Está convencido de que cualquiera que llegue allá sabrá en qué terminará esta función. Dedos sobre dedos y plantas colgadas junto a palmas sin vida. Ya no le encuentro fin a este escenario. Parece que en esta cabeza en la que no cuelgan más que pelos, la batalla por el control ya se ha perdido.


Tercera parte: de cuando estos dos pedazos de pulmones finalmente explotaron

Ya he perdido la cuenta de la cantidad de pasos que debo haber dado. Infrinjo la ley mientras intento concentrarme en el momento justo en que mis zapatos rotos rompen el suelo, arañan el pavimento que de vez en cuando miro con intención de besar. Mi corazón late con fuerza y mi cuerpo tiembla, sórdido, sin saber qué hacer. Es la primera vez que, desde que se levantaron los telones y yo no he sabido cómo bajarlos, lo siento todo, compacto. Y al ritmo de ese beat me muevo en el espacio maldito, lo transgredo. Expongo estos tejidos a un daño irreparable. Los inflo tanto como puedo, porque es posible que la próxima vez que los saque al sol ellos ya se hayan olvidado hasta de sí mismos; y dejo que se quiebren y se conviertan en cientos de partículas que ya no me interesa ver.

Siempre me he preguntado cómo se vive sin sentirse ahogado, ¿qué alvéolos hay que regenerar?


Cuarta parte: de cuando la tormenta arrecia

Ya han pasado unos cuantos meses y la situación parece no tener intención de cambiar. Las horas se acumulan como la mugre entre las uñas de estas manos agresivas y yo, mientras tanto, espero encontrar las respuestas a tantas preguntas que guardo entre mis dientes. El descontrol es parte del día a día: mis manos ya no responden a los estímulos que envía mi cerebro, en mi nariz la tormenta no para, y, para colmo, mis ojos no ven más que siluetas. Sombras sin movimiento estampadas en paredes de color pastel que parecer preguntarse si ser o no ser, si atreverse a desafiar a mis pupilas tónicas o si dejar que los nervios atrofiados den la estocada final. ¿En dónde están los estribos de este barco a la deriva?

Se cierra el telón.


De cuando la realidad golpeó a mi puerta

No pongo en duda que, en el pasado, sensaciones como estas habrían confirmado mi estado de locura. Hoy, estos ataques de pánico parecen ser más lógicos: unos cuantos meses viviendo en un adentro silencioso al que le ha tocado rehacerse día a día, ese mismo que se vio en la obligación de tirar a la basura unos pocos hábitos que hoy no son más que fósiles. Escapo del fantasma que acecha mis sueños y se come mis pensamientos. Corro como la patasola en busca de un alma perdida.

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