Tribes and Tribulations3 min read

Por: Josué Cabrera
Abril 2020




Cada vez es diferente.
Medio despierto agito la mirada y la razón
que siguen enredadas en el sueño.
Abro los ojos entre los remolinos de sábanas.
Veo a mi padre dejándose crecer la barba que nunca le he visto.
Veo a mi madre mezclar remedios que toma con tinto.
Dice que el sabor no es el mejor,
pero al menos es conocido.


Oigo helicópteros.
Pasan arrastrando una voz
que repasa las condiciones de la cuarentena.
Nos recuerdan que estamos atados a este piso,
que tenemos el privilegio,
el deber,
de seguir vivos.


Las paredes de la casa se agrietan,
reciben la monotonía como una plaga.
Paseamos por la casa
como ramas caídas que flotan en las aguas de un río.


Miramos los celulares,
alborotamos la nostalgia
entre fotografías viejas y conversaciones abandonadas.


Los ojos se cansan de seguir las intermitencias del sol desde la ventana.
No sabemos qué hacer,
no sabemos cómo habitar la falsa normalidad.
Televivimos nuestra soledad.
Pensamos en los otros,
en todos los demás.
Solo alcanzamos a entender que juntos
somos algo por lo que vale la pena esperar.


El aire reclama las calles vacías
las montañas desiertas.
Después,
cuando solo queden ruinas,
cuando todos los culpables pasen por guillotinas morales,
habrá otro orden que no lamente las costumbres perdidas.


¿Cómo temer el golpe de la realidad
cuando solo el descuido ha rozado nuestros hábitos,
nuestra vida?


Desde pantallas y parlantes,
describen el malestar y las consecuencias de un mal importado.
Leemos y releemos las cifras extranjeras:
no sabemos relacionar la muerte con dígitos amontonados.
La cantidad y la variedad de máscaras protectoras nos silencia.


Entre las noticias que hinchan el televisor,
una voz dice:
'Hay gente que le tiene más miedo al hambre que al Coronavirus'.
Las autoridades nos invitan a la calma,
repiten excusas y disculpas por no haber actuado más pronto.
Lo bueno de los tapabocas es que ocultan la mueca de incertidumbre.


En recintos feriales han montado hospitales.
Abrieron morgues en pistas de patinaje sobre hielo.


Un reportaje cuenta cómo en un edificio
encontraron cadáveres de ancianos
olvidados entre muebles malacostumbrados a la soledad.


Llegó un pedido urgente a una fábrica de chaquetas y carpas plásticas:
mil trescientas bolsas para cadáveres humanos.


Nos levantamos en la noche
cargando un agotamiento que no comprendemos.
Practicamos rituales para ahuyentar el miedo:
repetimos bailes lentos para nosotros mismos,
para darnos ánimos y alientos;
no sabemos orar, pero lo intentamos.
Alzamos nuestras manos,
estiramos todos los dedos,
cerramos los ojos y,
como no vemos el cielo,
suplicamos a los techos:
ojalá que todos podamos
bailar,
pasear,
gritar,
mirar perros de cerca
y encontrarnos nuestros abuelos
cuando esto pase,
cuando el tiempo nos atraviese
y nos revele cuáles son los movimientos
que exigía nuestro cuerpo en la quietud.

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