Los finales3 min read

Por: Juan Camilo Cruz Naranjo


“Antes de ponerme en marcha hacia el mundo
me di cuenta que ya hacía mucho tiempo
que yo ya no era una niña…”
Emma Reyes



Cuando me enteré que existía un simulacro de aislamiento para prevenir la propagación de un virus que había viajado de país en país matando a las personas, y que ahora estaba en mi ciudad, yo terminaba de leer Memoria por correspondencia de Emma Reyes. Pronto la cifra de contagiados aumentó y con ella, los días de aislamiento. En su última carta, Emma Reyes cuenta que se escapó del convento donde había estado recluida por varios años. Así, mientras en el libro la protagonista se liberaba (al salir a explorar el mundo por años desconocido), mientras ella se aventuraba a descubrir el “afuera”, yo me guardaba por tiempo indefinido en el “adentro”. Era el fin de mi rutina y la incertidumbre sobre los días venideros se propagaba indicándonos, que ante nosotros, se presentaba el fin del mundo como lo conocíamos hasta ahora. Unos días después de empezar mi encierro comenzó a circular la noticia que la revista Arcadia -que con juicio y ansias esperaba y leía cada mes desde hacía varios meses- había muerto, pues su director y equipo de editores y columnistas habían sido despedidos. Era también el fin de Arcadia.

Dentro de mi casa y de mí, movido por los sentimientos de ese final abierto y lleno de posibilidades que me dejó el libro de Emma Reyes, también por el final de las vidas humanas que el virus iba apagando; el final temporal de mi vida como sujeto que habita las calles y ese final fatal y aparentemente irreversible de la revista Arcadia, pensé en la fragilidad que tienen los finales. Sabemos, por ejemplo, que en un texto los enunciados terminan con un punto. El punto es una representación del fin. Me inquietaba el final abierto del libro de Emma Reyes porque no lo sentía como el fin, esperaba que al pasar la página existiera otra carta, una que me diera más información sobre los acontecimientos que sucedieron posteriores a su escape, una carta que alimentara mi curiosidad y me aclarara las dudas sobre su vida. Pero el libro termina ahí con ese final fascinante, con ese punto que es al mismo tiempo el punto con el que -en la ficción- inicia su vida. Entonces los punto son a veces inicios. En redes y noticieros hemos visto como dicen que el virus ha llegado para hacernos conscientes que los humanos tenemos un fin. Ser conscientes de ello nos permite, por primera vez en muchos años, ver que somos tan frágiles como un punto en un texto; que esta crisis es como la última carta del libro de Emma Reyes, un final y un comienzo.

Días después revivieron Arcadia. Oficialmente no era el fin de la revista -aunque hayan despedido a todos los que la hacían- y de nuevo, pensé en la fragilidad que tienen los finales, en su ambivalencia. Entonces se me ocurrió que a pesar de que algunos textos terminan para siempre con un punto, con un final cerrado, sin preguntas por responder y con sus tramas resueltas; estos viven en los labios de quienes los comentan o los recomiendan, -a veces con suerte viven hasta en los corazones- entonces los textos no tienen un final. De igual forma pasa con los tejidos de nuestras vidas, aunque digamos repetidamente que una etapa finalizó, continúa existiendo al ser mencionada y recordada, sigue viviendo en el “adentro” y se escapa al de vez en cuando al “afuera”. Los finales nunca son definitivos, más bien son cambios o rupturas temporales en cualquier historia, son nuevos cursos y nuevas rutas. Una primera lectura de lo que hemos vivido estos días en el mundo entero nos indicaría que estamos viviendo el fin -y debería serlo- pero a pesar de que el virus nos recuerda nuestra fragilidad y con ello lo finitos que somos los humanos, no nos destruye como civilización, ya que las posibilidades de sobrevivir son altas, especialmente para las personas jóvenes. Entonces, este fin nos ha de enseñar que salir de esta crisis implicará darnos cuenta que sigumos vivos adentro y afuera, y con ello, asumir las responsabilidades que tendremos -como individuos y en la colectividad-, al vivir en el mundo que iniciará después del final. (Punto)

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